Ejemplos de novela de aventuras

La novela es una narración extensa, por lo general en prosa, con personajes y situaciones reales o ficticios, que implica un conflicto y su desarrollo que se desenlaza de una manera positiva o negativa. El término novela (del italiano novella, ‘noticia’, ‘historia’, que a su vez procede del latín novellus, diminutivo de novus, ‘nuevo’) procede de las narraciones que Giovanni Boccaccio empleó para designar los relatos y anécdotas en prosa contenidos en su Decamerón. Ahora bien, como género es el resultado de la evolución que arranca en la epopeya y se continúa en el romance.

Ejemplos de novela de aventuras

Fragmento de EL TÚNEL (Ernesto Sábato)
En los días que precedieron a la llegada de su carta, mi pensamiento era como un explorador perdido en un paisaje neblinoso: acá y allá, con gran esfuerzo, lograba vislumbrar vagas siluetas de hombres y cosas, indecisos perfiles de peligros y abismos. La llegada de la carta fue como la salida del sol.
Pero este sol era un sol negro, un sol nocturno. No sé si se puede decir esto, pero aunque no soy escritor y aunque no estoy seguro de mi precisión, no retiraría la palabra nocturno; esta palabra era, quizá, la más apropiada para María, entre todas las que forman nuestro imperfecto lenguaje.
Esta es la carta que me envió:
He pasado tres días extraños: el mar, la playa, los caminos me fueron trayendo recuerdos de otros tiempos. No sólo imágenes: también voces, gritos y largos silencios de otros días. Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé que estoy preparando recuerdos minuciosos, que alguna vez me traerán la melancolía y la desesperanza.
El mar está ahí, permanente y rabioso. Mi llanto de entonces, inútil; también inútiles mis esperas en la playa solitaria, mirando tenazmente al mar. ¿Has adivinado y pintado este recuerdo mío o has pintado el recuerdo de muchos seres como vos y yo?
Pero ahora tu figura se interpone: estás entre el mar y yo. Mis ojos encuentran tus ojos. Estás quieto y un poco desconsolado, me miras como pidiendo ayuda.
MARÍA
¡Cuánto la comprendía y qué maravillosos sentimientos crecieron en mí con esta carta! Hasta el hecho de tutearme de pronto me dio una certeza de que María era mía. Y solamente mía: “estás entre el mar y yo”; allí no existía otro, estábamos solos nosotros dos, como lo intuí desde el momento en que ella miró la escena de la ventana. En verdad ¿cómo podía no tutearme si nos conocíamos desde siempre, desde mil años atrás? Si cuando ella se detuvo frente a mi cuadro y miró aquella pequeña escena sin oír ni ver la multitud que nos rodeaba, ya era como si nos hubiésemos tuteado y en seguida supe cómo era y quién era, cómo yo la necesitaba y cómo, también, yo le era necesario.
¡Ah, y sin embargo te maté! ¡Y he sido yo quien te ha matado, yo, que veía como a través de un muro de vidrio, sin poder tocarlo, tu rostro mudo y ansioso! ¡Yo, tan estúpido, tan ciego, tan egoísta, tan cruel!
Basta de efusiones. Dije que relataría esta historia en forma escueta y así lo haré…

Fragmento de EL ALTAR DE LOS MUERTOS (Henry James)
Al día siguiente, por la noche, en el gran suburbio gris, se dio cuenta de que su largo paseo lo había fatigado. Solitario, en el melancólico cementerio, había estado de pie una hora. Al regresar había tomado, inconscientemente, un camino tortuoso; era todo un desierto por donde ningún cochero circulaba buscando presa posible. Se detuvo en una esquina y midió la soledad; después sacó en consecuencia, por la desolación circundante, que se encontraba en uno de los tramos de Londres que resultaban menos lóbregos de noche que de día, debido al civil donativo de la iluminación. De día, allí no había nada, pero de noche estaban los faroles, y George Stransom se hallaba de un humor que hacía a los faroles buenos en sí mismos. No era que con ellos viese nada; tan sólo era que ardían con claridad. Para su sorpresa, empero, al cabo de un rato, sí vio que le mostraban algo: el arco de un ancho pórtico al cual se ascendía mediante una breve escalinata, al fondo del cual -formaba un oscuro vestíbulo- el alzar de una cortina en el momento en que él estaba mirando, le concedió un atisbo de una avenida de tinieblas con un resplandor de cirios al fondo. Se entregó a mirar con mayor detenimiento y discernió que se trataba de una iglesia. Con rapidez lo acometió la idea de que puesto que estaba cansado podía descansar allí adentro; conque al cabo de un instante ya había empujado la cortina guarnecida de cuero y entrado. Era un templo de la vieja fe, donde patentemente acababa de celebrarse alguna ceremonia, a lo mejor un oficio de difuntos: el altar mayor se hallaba aún glorioso de velas encendidas. Era éste un espectáculo que siempre le agradaba, y se dejó caer en un banco con satisfacción. Le pareció, como no se lo había parecido jamás, que era bueno que hubiese iglesias.
Esta se hallaba casi vacía y sus demás altares estaban apagados; un sacristán iba y venía arrastrando los pies, una vieja carraspeaba, pero a Stransom se le antojó que había hospitalidad en la dulce atmósfera espesa. ¿Era únicamente el aroma del incienso o era algo más categórico y penetrante? Comoquiera que fuese, él ya había salido del gran suburbio gris y se hallaba más cerca de la acogedora zona céntrica. Enseguida cesó de sentirse allí como un intruso; por último conquistó incluso una sensación de comunidad con la única adoradora que tenía cerca, con la sombría silueta de una mujer, de luto riguroso, cuya espalda era lo único que veía él desde su sitio y que se había sumido profundamente en plegarias a corta distancia suya…

Fragmento de EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO (J.D. Sallinger)
Como no tenía nada que hacer me fui a los lavabos con él y, para matar el tiempo, me puse a darle conversación mientras se afeitaba. Estábamos solos porque todos los demás seguían en el campo de fútbol. El calor era infernal y los cristales de las ventanas estaban cubiertos de vaho. Había como diez lavabos, todos en fila contra la pared. Stradlater se había instalado en el de en medio y yo me senté en el de al lado y me puse a abrir y cerrar el grifo del agua fría, un tic nervioso que tengo. Stradlater se puso a silbar Song of India mientras se afeitaba. Tenía un silbido de esos que le atraviesan a uno el tímpano. Desafinaba muchísimo y, para colmo, siempre elegía canciones como Song of India o Slaughter on Tentb Avenue que ya son difíciles de por sí hasta para los que saben silbar. El sujeto era capaz de asesinar lo que le echaran.
¿Se acuerdan de que les dije que Ackley era un marrano en eso del aseo personal? Pues Stradlater también lo era, pero de un modo distinto. Él era un marrano en secreto. Parecía limpio, pero había que ver, por ejemplo, la maquinilla con que se afeitaba. Estaba toda oxidada y llena de espuma, de pelos y de porquería. Nunca la limpiaba. Cuando acababa de arreglarse daba el pego, pero los que le conocíamos bien sabíamos que ocultamente era un cerdo. Si se cuidaba tanto de su aspecto era porque estaba locamente enamorado de sí mismo. Se creía el sujeto más maravilloso del hemisferio occidental. La verdad es que era guapo, eso tengo que reconocerlo, pero era un guapo de esos que cuando tus padres lo ven en el catálogo del colegio en seguida preguntan: —¿Quién es ese chico?— Vamos, que era el tipo de guapo de calendario. En Pencey había un montón de hombres que a mí me parecían mucho más guapos que él, pero que luego, cuando los veías en fotografía, siempre parecía que tenían orejas abiertas o una nariz enorme. Eso me ha pasado un montón de veces.
Pero, como decía, me senté en el lavabo y me puse a abrir y cerrar el grifo. Todavía llevaba puesta la gorra de caza roja con la visera echada para atrás y todo. Me molestaba sobremanera aquella gorra.
—Oye —dijo Stradlater—, ¿quieres hacerme un gran favor?
—¿Cuál? —le dije sin excesivo entusiasmo. Siempre estaba pidiendo favores a todo el mundo. Todos esos sujetos que se creen muy guapos o muy importantes son iguales. Como se consideran él no va más, piensan que todos les admiramos muchísimo y que nos morimos por hacer algo por ellos. En cierto modo tiene gracia.
—¿Sales esta noche? —me dijo.
—Puede. No lo sé. ¿Por qué?
—Tengo que leer unas cien páginas del libro de historia para el lunes —dijo—. ¿Podrías escribirme una composición para la clase de lengua? Si no la presento el lunes, me la cargo. Por eso te lo digo. ¿Me la haces?
La cosa tenía gracia, de verdad.
—Resulta que a quien echan es a mí y encima tengo que escribirte una composición.
—Ya lo sé. Pero es que si no la entrego, me las voy a ver negras. Échame una mano, anda. Échame una manita, ¿eh?
Tardé un poco en contestarle. A ese tipo de cabrones les conviene un poco de suspenso.
—¿Sobre qué? —le dije.
—Lo mismo da con tal de que sea descripción. Sobre una habitación, o una casa, o un pueblo donde hayas vivido. No importa. El caso es que describas como loco.
Mientras lo decía soltó un bostezo tremendo. Eso sí que me saca de quicio. Que encima que te están pidiendo un favor, bostecen.
—Pero no la hagas demasiado bien —dijo—. Ese hijoputa de Hartzell te considera un genio en composición y sabe que somos compañeros de cuarto. Así que ya sabes, no pongas todos los puntos y comas en su sitio.
Otra cosa que me encabrona. Que se te dé bien escribir y que te salga un imbécil hablando de puntos y comas. Y Stradlater lo hacía siempre. Lo que pasaba es que quería que uno creyera que si escribía unas composiciones horribles era porque no sabía dónde poner las comas. En eso se parecía un poco a Ackley. Una vez fui con él a un partido de baloncesto. Teníamos en el equipo a un tipo fenomenal, Howie Coyle, que era capaz de encestar desde el centro del campo y sin que la pelota tocara la madera siquiera. Pues Ackley se pasó todo el tiempo diciendo que Coyle tenía una constitución perfecta para el baloncesto. ¡Jo! ¡Cómo me fastidian esas cosas!…

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  1. Oscar, comentó hace 9 meses:

    quiero que me ayuden yo escribí algo, gracias