Ejemplo de ensayo científico

Un ensayo científico es un intento por acercarnos al entorno de un problema de investigación, generar una explicación de cómo el que escribe analiza un problema determinado. Una de las principales características con que cuenta el ensayo en el campo de la ciencia es el uso de la expresión personal, ya que a diferencia de otros géneros de escritura en el campo de la ciencia, el aspecto subjetivo destaca la importancia de un ensayo.

Ejemplo de un ensayo científico

Fragmento de ESPÍRITUS DE ESTADO, GÉNESIS Y ESTRUCTURA DEL CAMPO BUROCRÁTICO (Pierre Bourdieu)
* Este artículo apareció originalmente en Actes de la Recherche en Sciences Sociales, N° 96-97, marzo de l993, pp.49-62.

Intentar pensar el Estado es exponerse a retomar en su provecho un pensamiento de Estado, a aplicar al Estado categorías de pensamiento producidas y garantizadas por el Estado, a desconocer, por consiguiente, la verdad más fundamental del Estado. Esta afirmación, que puede parecer a la vez abstracta y perentoria, se impondrá más naturalmente si al final de la demostración aceptamos volver a ese punto de partida, pero armados del conocimiento de uno de los poderes mayores del Estado, el de producir y de imponer (principalmente por medio de la escuela) las categorías de pensamiento que aplicamos espontáneamente a cualquier cosa del mundo y al Estado mismo.

Pero, para dar una primera traducción más intuitiva de este análisis, y hacer sentir el peligro, que corremos siempre, de ser pensados por un Estado que creemos pensar, querría citar un pasaje de Maîtres anciens de Thomas Bernhard: “La escuela es la escuela del Estado, donde se hace de los jóvenes criaturas del Estado, es decir, ni más ni menos que agentes del Estado. Cuando entraba en la escuela, entraba en el Estado, y como el Estado destruye a los seres, entraba en el establecimiento de destrucción de seres. […] El Estado me ha hecho entrar en él por la fuerza, como por otra parte a todos los demás, y me ha vuelto dócil a él y ha hecho de mí un hombre estatizado, un hombre reglamentado y registrado y dirigido y diplomado, y pervertido y deprimido, como todos los demás. Cuando vemos a los hombres, no vemos más que hombres estatizados, servidores del Estado, quienes, durante toda su vida sirven al Estado y, por lo tanto, durante toda su vida sirven a una fuerza contra-natura”.1

Pensando en la retórica muy particular de Thomas Bernhard, aquella del exceso, de la hipérbole en el anatema, conviene bien a mi intención de aplicar una suerte de duda hiperbólica al Estado y al pensamiento del Estado. No se duda nunca demasiado cuando se trata del Estado. Pero la exageración literaria corre el riesgo siempre de aniquilarse a sí misma despojándola de su realidad por su mismo exceso. Y sin embargo, hay que tomar en serio lo que dice Thomas Bernhard: para darse alguna oportunidad de pensar un Estado que se piensa aun a través de quienes se esfuerzan en pensarlo (como Hegel o Durkheim, por ejemplo), hay que tratar de cuestionar todos los presupuestos y todas las pre construcciones que están inscriptas en la realidad que se trata de analizar y en el mismo pensamiento de los analistas.

Para mostrar hasta qué punto es necesaria y difícil la ruptura con el pensamiento, habría que analizar la batalla que estalló no hace mucho, en plena guerra del Golfo, a propósito de ese objeto a primera vista irrisorio que es la ortografía: la grafía correcta, designada y garantizada como normal por el derecho, es decir, por el Estado, es un artefacto social, muy imperfectamente fundado en una razón lógica y aun lingüística, que es el producto de un trabajo de normalización y de codificación enteramente análogo a aquel que el Estado opera también en dominios muy distintos. Ahora bien, cuando, en un momento dado, el Estado o uno de sus representantes, emprende (como ya ha sido el caso, con los mismos efectos, hace un siglo) la reforma de la ortografía, es decir, el deshacer por decreto lo que el Estado había hecho por decreto, suscita inmediatamente la revuelta indignada de una gran proporción de aquellos que tienen una profesión ligada a la escritura, en el Espíritus de Estado sentido más común, pero también en el sentido que les gusta darle a los escritores. Y, cosa notable, todos estos defensores de la ortodoxia ortográfica se movilizan en nombre de lo natural de la grafía en vigor y de la satisfacción, vivida como intrínsecamente estética, que procura el acuerdo perfecto entre las estructuras mentales y las estructuras objetivas, entre la forma mental socialmente instituida en los cerebros por el aprendizaje de la grafía correcta y la realidad misma de las cosas designadas por los vocablos diestramente graficados: para los que poseen la ortografía al punto de ser poseídos por ella, la ph perfectamente arbitraria de nenuphar se ha vuelto tan evidentemente indisociable de la flor que pueden invocar, con toda buena fe, a la naturaleza y a lo natural para denunciar una intervención del Estado destinada a reducir lo arbitrario de una ortografía que es, con toda evidencia, el producto de una intervención impositiva del Estado.

Se podrían multiplicar los ejemplos de casos semejantes en los que los efectos de las elecciones del Estado se han impuesto tan completamente en la realidad y en los espíritus que las posibilidades descartadas inicialmente (por ejemplo, un sistema de producción doméstica de electricidad análogo al vigente para la calefacción) parecen totalmente impensables. Así, por ejemplo, si la menor tentativa de modificar los programas escolares y sobre todo los horarios atribuidos a las diferentes disciplinas chocan casi siempre y en todos lados con resistencias formidables, no es solamente porque intereses corporativos muy poderosos (los de los profesores involucrados, principalmente) están atados al orden escolar establecido, es, también, que las cosas de la cultura, y en particular las divisiones y las jerarquías sociales del Estado que, instituyéndolas a la vez en las cosas y en los espíritus, confiere a un arbitrario cultural todas las apariencias de lo natural.

La duda radical
No se puede, entonces, darse algunas oportunidades de pensar verdaderamente un Estado que se piensa aun a través de aquellos que se esfuerzan en pensarlo, más que a condición de proceder a una suerte de duda radical dirigida a cuestionar todos los presupuestos que están inscriptos en la realidad que se trata de pensar y en el pensamiento mismo del analista.

El ascendiente del Estado se hace sentir particularmente en el dominio de la producción simbólica: las administraciones públicas y sus representantes son grandes productores de “problemas sociales” que la ciencia social no hace a menudo sino ratificar al retomarlos por su cuenta como problemas sociológicos (bastaría, para hacer la prueba, con determinar la proporción, sin duda variable según el país y los momentos, de investigaciones que se plantean sobre problemas del Estado, pobreza, inmigración, fracaso escolar, etc., más o menos aderezadas científicamente).

Pero la mejor constatación del hecho de que el pensamiento del “burócrata pensador” está atravesado de lado a lado por la representación oficial de lo oficial, es sin duda la seducción que ejercen las representaciones del Estado que, como en Hegel, hacen de la burocracia un “grupo universal” dotado de la intuición y de la voluntad de interés universal o, como en Durkheim, sin embargo tan prudente en la materia, un “órgano de reflexión” y un instrumento racional encargado de realizar el interés general.

Y la dificultad enteramente particular de la cuestión del Estado proviene del hecho de que la mayor parte de los escritos consagrados a este objeto, bajo la apariencia de pensarlo, participan, de manera más o menos eficaz y más o menos directa, en su construcción y, entonces, en su existencia misma. Es el caso, principalmente, de todos los escritos jurídicos que, en especial en la fase de construcción y de consolidación, no revelan por completo su sentido más que si se sabe verlos no solamente como contribuciones teóricas para el conocimiento del Estado sino como estrategias políticas dirigidas a imponer una visión particular del Estado, visión conforme a los intereses y a los valores asociados a la posición particular de aquellos que los producen en el universo burocrático en vías de constitución (los que olvidan a menudo los mejores trabajos históricos, como los de la Escuela de Cambridge).

La ciencia social misma es, desde su origen, parte integrante de este esfuerzo de construcción de la representación del Estado. Todos los problemas que se plantean a propósito de la burocracia, como la cuestión de la neutralidad y del desinterés, se plantean también a propósito de la sociología que los plantea, pero en un grado de dificultad superior porque puede proponerse a su propósito la cuestión de la autonomía en relación con el Estado.

Es por eso que hay que pedirle a la historia de las ciencias sociales que ponga al día todas las adherencias inconscientes al “mundo social” que las ciencias sociales deben a la historia de la que son el resultado, problemáticas, teorías, métodos, conceptos, etc. Se descubre así, principalmente, que la ciencia social, en el sentido moderno del término (en oposición a la filosofía política de los consejeros del príncipe) está ligada a las luchas sociales y al socialismo, pero menos como una expresión directa de esos movimientos y de sus prolongaciones teóricas, que como una respuesta a los problemas que enuncian y a los que hacen surgir por su existencia: encuentra a sus primeros defensores entre los filántropos y reformadores, suerte de vanguardia esclarecida de los dominantes que espera de la “economía social” (ciencia auxiliar de la ciencia política), la solución de los “problemas sociales” y, en particular, de los que plantean los individuos y grupos “con problemas”.

Una mirada comparativa sobre el desarrollo de las ciencias sociales permite plantear que un modelo encaminado a dar cuenta de las variaciones del estado de esas disciplinas según las naciones y según las épocas debería tener en cuenta dos factores fundamentales: por una parte, la forma que reviste la demanda social de conocimiento del mundo social en función principalmente de la filosofía dominante en las burocracias de Estado (liberalismo o keynesianismo, principalmente), una fuerte demanda estatal que pueda asegurar las condiciones favorables para el desarrollo de una ciencia social relativamente independiente de las fuerzas económicas (y de las demandas directas de los dominantes), pero fuertemente dependiente del Estado; por otra parte, la extensión de la autonomía del sistema de enseñanza y del campo científico en relación con las fuerzas económicas y políticas dominantes, autonomía que supone sin duda a la vez un fuerte desarrollo de los movimientos sociales y de la crítica social de los poderes y una fuerte independencia de los especialistas en relación con esos movimientos.

La historia atestigua que las ciencias sociales no pueden acrecentar su independencia con relación a las presiones de la demanda social, que es la condición prioritaria de su progreso hacia la cientificidad más que apoyándose en el Estado: al hacerlo, corren el riesgo de perder su independencia con relación a él, a menos que estén preparadas para usar contra el Estado la libertad (relativa) que les asegura el Estado mismo.

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